Una mañana, aparecían las carpas, verdes, enormes, llenas de remiendos,
en algún baldío del pueblo. La voz se corría por todos lados : “!!!Llegaron
los gitanos!!!”, y un ligero viboreo corría por la espalda de la gurisada.
Un montón de historias fantásticas se cuchicheaban en las ruedas infantiles
sobre ninos desaparecidos, ritos extranos, robos misteriosos ... toda
una nebulosa donde la fantasía se inflaba como un globo con el soplo
aportado por cada uno y que hacía que, en la noche, cuando nos íbamos
a dormir, la prolija inspección cotidiana debajo de las camas, se
hiciese con más cuidado.
Durante el día, tres o cuatro chiquillos sucios, con la nariz siempre
costrosa y los pies nadando en viejos zapatos ajenos, iban de casa
en casa buscando ollas para componer, alguna tarea para hacer o, simplemente,
pidiendo algo de comer con un marcado acento fronterizo en sus voces
extranamente graves. En esas caritas manchadas de tierra, aparecía
a veces, la nieve tibia de una sonrisa o el brillo de unos sorprendentes,
bellísimos ojos verdes que nos daban la inesperada certeza de que
eran “como nosotros”.
Una vez, acamparon en los fondos del comercio de mi padre. Iban todos
los días a proveerse de agua y fueron entrando en confianza con él,
al punto de que, cuando la esposa de uno de ellos dio a luz una bebita,
allí en la carpa, se la dieron de ahijada. Una noche, nos invitaron,
ceremoniosamente, a tomar un café. Los chicos se habían peinado, mojando
aquel cabello pringoso y aplastándolo con el peine, a ambos lados
de la línea zigzagueante que les recorría la cabeza. Nos sentamos
en el suelo, sobre unos enormes cobertores de plumas, mientras la
gitana más vieja pasaba, ostensiblemente, cada taza limpia por agua
hirviendo, antes de servir el café, fuerte y amargo.
A los pocos días, papá apareció con una horrible corbata en anchas
rayas diagonales, rojas y negras, regalo de su compadre. A despecho
de nuestras reclamaciones sobre el opinable gusto de dicha indumentaria,
él la usaba muy orgulloso cuando iba a la ciudad, hasta que acabó
desapareciendo misteriosamente.(Meses más tarde, limpiando el aljibe
que recogía el agua de lluvia, un estropajo informe en el fondo barroso,
develó el misterio).
Pasó el tiempo y los gitanos comenzaron a espaciar sus venidas. Seguramente,
otros caminos les eran más propicios. Anos después, recibimos una
foto de la gitanita bautizada por mis padres que posaba, muy seria
entre sus dos progenitores, en la divisa de Rivera y Livramento. Fue
la última noticia que tuvimos de ellos, protagonistas involuntarios
de estos cortos y misteriosos capítulos de nuestra historia pueblerina.