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Pasaba
por las calles del pueblo, eternamente encorvada, llevando colgadas
en sus brazos bolsas que contenían vaya a saber qué desperdicios y
restos de cosas inútiles. Caminaba lentamente, arrastrando sus zapatos
estropeados, chuecos de tantos dueños y tantos años.
La
mirábamos pasar con un vago temor indefinible... aquella nariz ganchuda,
aquellos pelos grises, largos, siempre desgrenados, aquellos harapos,
despertaban en nosotros confusas reminiscencias de cuentos leídos
en las noches invernales, en los que personajes como ella cruzaban
la escena, dejando una estela sombría de conjuros, hechizos y encantamientos.
Algunas
veces aparecía en casa porque mis abuelos la ayudaban. Había llegado
al pueblo junto a su padre, pobres despojos de una guerra que Europa
expulsaba hacia otros mundos, ajenos, inhóspitos, de idiomas extranos.
Hablaban una lengua eslava, que nadie entendía. Sabíamos que se llamaba
María y su apellido amontonaba consonantes impronunciables, con alguna
vocal perdida entre tanta marana, para poder emitir un sonido inteligible.
Castellanizando esa serie de zetas, enes y ges, la llamábamos María
“Cisne”, contraste grotesco de una pobre mujer desalinada y perdida
en un mundo extrano frente a la serena elegancia, blanca y negra,
majestuosa y sofisticada, de las aves que inspiraban nuestro equívoco.
Nunca
pudimos comunicarnos con ella, no sé tampoco si alguna vez lo intentamos.
Un día, mi abuelo nos dijo que había muerto y apareció en casa con
un pobre baúl de cartón rojo, que ella le había legado. Estaba hinchado
por la humedad, desvencijado de tantos caminos y penurias, de tantos
llantos y desesperanzas. Fue a parar al sótano. A veces,yo bajaba
la escalera fresca y, en la penumbra subterránea, abría la arqueada
tapa desvaída, como en un rito, para escuchar las voces lejanas que
me traían historias de personajes difuminados en una luz dorada y
antigua, de pueblos perdidos en el tiempo, de aldeas pintorescas con
casitas picudas y cercas de madera blanca, donde María era la linda
campesina, coloradota y alegre que recogía con una sonrisa pícara,
las insinuaciones de los mozos del lugar, cuando iba con su cántaro
en la cintura, rumbo a la fuente...
Un
día, el baúl apareció lleno con nuestros viejos cuadernos escolares.
Las voces fueron llamadas a silencio... Y María Cisne fue sólo recuerdo,
un jirón de leyenda...
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