Cuando flotaba
en el aire el perfume suave de los jazmines, como una delicada melodía
cien veces escuchada, sabíamos que se acercaba la emoción siempre
renovada de la navidad.
Unos días antes, ya comenzaban los
preparativos en casa. Había que juntar piedritas, arena, ramas de
ciprés para que “los grandes” hicieran el pesebre. Papá llegaba con
un enorme pino que teníamos que adornar con las frágiles esferas irisadas,
de todos colores, y allá arriba, en el extremo, la estrella de cinco
puntas que mamá había hecho de cartón y brillantina. Prendíamos a
las ramas que se arqueaban con el peso, los porta-velas metálicos
soportando las delgadas velas torneadas y caracoleábamos las guirnaldas
plateadas, enredándolas en la fragancia verde del árbol paciente.
Después, comenzaba la excitante aventura
de ir desenvolviendo de sus capullos de diario, las figuras que ano
a ano, venían a plantarse, airosas, en el pesebre. Cada una que iba
apareciendo era una exclamación de alegría: la pastora que llegaba
con su corderito pegado a la falda ondulante, el viejo campesino con
un largo báculo, el zagal curioso que se asomaba a ver qué estaba
ocurriendo, el pozo de piedra blanca con el balde que esperaba colgado
en la roldana, los tres reyes de lujosas ropas que recién tendrían
permiso de integrar el elenco el 5 de enero, acompanados de los camellos,
la dulzura de San José y la Virgen que rodeaban a su nino en la rústica
cuna de madera, la mansedumbre del buey y del asno, una oveja echada,
con su corderito recién nacido que dormía acurrucado a su lado...
Todos iban a integrar esa siempre cambiante fantasía navidena que
anualmente se extendía en el living-comedor, cerrado a rigor mientras
la hacían y que se abría, ya finalizada la tarea, ante nuestros ojos
deslumbrados. En ese universo ficticio de papel roca que se abullonaba
y se hundía, de arena y piedra formando senderos por donde caminaban
las figuras de yeso, de minúsculos pedacitos de ciprés donde pastaban
los animales inmóviles, nuestras mentes infantiles revivían el eterno
milagro de la navidad.
La tarde anterior, la cocina comenzaba
a despedir deliciosos aromas que se daban cita solamente en esa ocasión.
Junto al enjambre picante de las especias que iban a adobar las carnes
se elevaba la sutileza dulce de los merengues recién horneados, que
luego se amontonarían en la mesa junto a los turrones, a las pasas
de higo, al pan dulce y al budín inglés, que exhibían sus frutas abrillantadas
en las cortezas doradas y fragantes. Sobre la blancura del mantel,
se iban acumulando esas delicias que formarían parte de la cena de
Nochebuena.
Esa noche, mientras esperábamos que
se hiciera la hora para ir a la misa del gallo, nos sentábamos afuera.
El aire era tibio y, arriba, el cielo era como un gigantesco pozo
oscuro, con miles de puntos brillantes que nos afanábamos en reconocer.
Ahí estaban “Las tres Marías” y sus fieles escuderos “Los tres reyes”,
los “7 Cabritos”, la “Cruz del Sur”, que íbamos senalando mientras
las nombrábamos...
Cuando volvíamos corriendo por la calle,
a la salida de misa, ya los abuelos nos sonreían en la puerta de casa,
acompanando la ilusión de abrir los regalos que nos esperaban debajo
del árbol navideno, resplandeciente esa noche con todas sus luces
encendidas. Después, la cena, la visita a vecinos y parientes para
desearles felices navidades y, cuando ya rendidos por la larga vigilia
y las emociones del día, nos íbamos a dormir, la infaltable serenata...
Aún hoy, después de tantos años pasados,
la navidad continúa siendo para mi, una fuente de emoción que mana,
serena y dulcemente llena de nostalgia, y de la secreta felicidad
de sentirme parte de una familia que se aunaba en el amor.