PRIMER CONCURSO DE CUENTOS DE ECILDA PAULLIER
Organizado por: MASCEP
 
AMIGOS QUE NUNCA SE PIERDEN - Los Petisos ...Mención... Categoría Escolares
Todo marchaba normalmente, parecía una tarde de primavera como todas las que hasta ese momento habíamos vivido.
Me encontraba camino a la casa de Juan. Al llegar a ésta, me contó la gran sorpresa; Marcos vendría en el vuelo quinientos catorce que arribaría a las dieciocho horas procedente de EEUU! A los cinco minutos estábamos preparando todo para recibir a nuestro mejor amigo.
Nosotros nos encontrábamos muy nerviosos, ya que hacía siete años que no lo veíamos, teníamos muchas expectativas. Nos preguntábamos si él recordaría aquellos momentos en los cuales nos reíamos de nosotros mismos hasta que nos dolía la barriga y aquellas largas conversaciones en las que hablábamos de nuestros estudios y también de lo que haríamos al día siguiente.
Nos reuníamos para charlar de todo, o simplemente por el solo motivo de estar juntos.
Con Juan teníamos la esperanza de encontrarnos con Marcos, ese viejo y tan querido amigo, y de sentir que las cosas no habían cambiado.
Ya teníamos casi todo pronto, el cuarto que le habíamos preparado tiempo atrás quedó ¡genial! Estaba adornado con globos colgados por todos lados, fotos por aquí y por allá, era la muestra de nuestros viejos tiempos, en especial aquella de primer año cuando ingresamos temerosos a la escuela que pasaría a ser nuestra segunda casa. Sin lugar a dudas era la más importante, allí estaban todos los compañeros, algunos se convertirían en amigos de los cuales pasados los años nos iríamos separando por diferentes motivos, pero también estaban los que aún hoy comparten nuestra vida.
Y ahora esperamos al amigo que luego de muchos años de ausencia estará delante de nosotros.
A las diecisiete horas nos preparábamos para ir al aeropuerto a recibirlo con los brazos abiertos.
La mamá de Juan nos llevó en su auto, y allí. . . ¡estábamos!
La ansiedad por el encuentro se hacía cada vez más intensa, cuando por fin anunciaron el arribo del vuelo quinientos catorce. Pero. . .el último pasajero descendió y ese no era Marcos.
La preocupación nos invadió, no teníamos su último teléfono, y nuestra pregunta era: si había asegurado que vendría, ¿por qué no llegó?
Recuerdo que esa noche cada uno marchó para su casa y ninguno pudo dormir pensando en los posibles motivos de su ausencia: -¿le habrían robado el pasaporte?, ¿tuvo un accidente? ¿o un rapto?.
Al otro día Juan llegó a casa muy intranquilo, conversábamos sobre que podíamos hacer ya que no debíamos quedarnos con los brazos cruzados:
¡Marcos era nuestro amigo! Nos disponíamos a buscar una solución cuando sonó el timbre. Al abrir la puerta, con sorpresa y alivio lo vimos, había llegado un día después de lo anunciado. Nuestra alegría fue tan grande que no atinábamos a nada, pero él estiro los brazos y nos unimos en un abrazo enorme. . .
Más tarde le contábamos las ideas macabras que se habían cruzado por nuestras mentes. Él, sonriendo, nos explico que nada de eso había sucedido, y que debido a una confusión de horario no pudo llegar a tiempo para abordad el avión.
Ese día, fue uno de los más felices de nuestras vidas, charlamos hasta altas horas de la noche.
La verdad, reencontrarnos con nuestro viejo amigo y sentir que nada cambió es algo ¡GENIAL!

AMOR A PRIMERA VISTA - El Grillo
Mi caballo blanco galopaba inquietamente porque una mosca impertinente le picaba insistentemente el lomo. De la tropilla era mi predilecto. De pelaje suave y andar brioso (era el más compadre de todos) les cuento que cierto día decidió ir a la peluquería “LA POTRANCA ROSA” para hacerse los claritos. El sabía que en un camión llegaría una yegua que había visto en un embarque y ahora la quería deslumbrar. Al arribar aquel y al aproximársele ¡allí nomás! calló desmayado era más hermosa de lo que él observó de lejos. Al despertar, con rabia vio que ella estaba coqueteando con otro caballo que viajaba en el mismo vehículo y se puso furioso, además los otros equinos relinchaban a más no poder riéndose de su mala suerte. Entonces decidió le propuso un duelo a su aparente rival, una carrera desde donde estaba la tropilla hasta el borde Este de la laguna Roja. Se haría a todo galope sin más. Y . . . llegó el gran momento, se vino la carrera, el Rey (como se llamaba el otro caballo) aventajaba ampliamente a mi enamorado corcel pero. . . en el último tramo “mi coqueto” se adelanto dejando atrás a su oponente. Finalmente ganó la carrera, cansado, sudoroso y feliz fue en procura de su premio: una hermosa yegua que ya nadie separaría de él.
ANDREA Y SU COMERCIO - QUICK SILVER
Había una vez una señora llamada Andrea, era muy trabajadora. Se levantaba a las 6:30 hs., a desayunar, luego de 7:30 a 23:30, atendía el supermercado, que estaba ubicado en la calle principal, de un pueblo muy pero muy tranquilo. . . Sus habitantes tenían buen poder adquisitivo, y todos trabajaban Era frecuentado por peones de estancia, chacareros, tamberos, queseros porque en el “super” encontraban los rubros más variados y el horario era continuado, todos compraban en él. Un día, cerca de las 21:15 hs., la cajera Manuela, acomodaba el dinero para llevar al cofre de seguridad cuando de imprevisto, llegó alguien corriendo y se lo arrebató. Fue tal el susto que tardó algunos minutos en reaccionar, llamó entonces a la señora Andrea y a la policía. Ésta recorrió el pueblo, pero no encontraron nada sospechoso en esa noche oscura. . . No lo podían creer, parecía una película, “Hermanos y detectives”, pasaban cosas como en otros lugares, pero en el pueblo, nunca habían sucedido La señora Andrea y su esposo Maximiliano, cerraron más temprano. Lloraron mucho, sentían rabia, impotencia. Tantas horas de esfuerzo, para que en un minuto el ladrón se llevara el dinero, que tenían para pagar a sus proveedores. No fueron fáciles los días posteriores, para estar seguros y protegidos colocaron alarmas, rejas en ventanas y puertas y cámara de video. . . . Lamentablemente éste hecho no fue el único, en el correr de los días se produjeron, hurtos en otros comercios y fincas particulares, cuando sus dueños se ausentaban. La gente, cansada de tanto atropello se reunió con la policía para tomar medidas en conjunto, quedó claro que todos tenían que colaborar. Si veían a alguien en actitud sospechosa debían avisar a aquella. En algunas cuadras los vecinos pagaban guardia de seguridad, que realizaba la vigilancia nocturna. En algunos caso la misma era diurna para poder salir los ocupantes por tiempo prolongado y tranquilo. Fue así que los habitantes del pueblo se dieron cuenta, que si se unían podían recuperar la tranquilidad. “Todo cambia, la realidad social requiere del esfuerzo de cada uno de nosotros para mejorarla”.
CHICOS TRABAJADORES - Pulgarcito
Había una vez una familia muy numerosa compuesta por la madre y siete hijos, eran muy pobres. Aquella trabajaba en limpiezas y no tenía trabajo fijo, no quería hacerlas pero debía alimentarlos. El más grande deseaba trabajar pero su madre no lo permitía porque tenía apenas doce años. Pero su firmeza ¡no duró por mucho tiempo! Comenzó a enfermar y tuvo que dejar sus labores, entonces el hijo que creía chico para el trabajo tuvo que hacerlo para sustentar a la familia. Al pasar el tiempo su madre empeoró. Los médicos decían que esas dolencias con una importante y costosa operación en el exterior desaparecían. Sus hijos tomaron la noticia con dolor, pero reaccionaron y todos comenzaron a buscar distintos tipos de trabajos, pero lo que iban reuniendo no les alcanzaba ni para empezar entonces se les ocurrió realizar una campaña de pedido de ayuda. Mientras tanto la madre era cuidada con esmero por la hermana mayor quien no veía posibilidad de salida. Luego de una semana la sonrisa de los niños ilusionaba el hogar, había llegado y superado la recaudación y ahora estaba pendiente recuperar a esa madre que un día habían tenido sana. Aprontaron rápidamente lo mínimo necesario y ni la tempestad de viento y agua que azotaba el lugar los detenía para salir. Una tía acompañó a la paciente en el viaje, en la operación se despego de ella hasta firmada el alta. Los niños, vecinos y amigos esperaban noticias todos los días hasta que ¡al fin! Luego de tres semanas llegó la más ansiada: recuperarían a su madre sana. Lloraron con lágrimas de alegría y amor sabiendo que todos juntos seguirían trabajando para seguir unidos y felices y aprendieron que con esfuerzo todo se puede.
CONFUSION EN EL CAMPO - Flor del Pago
En un potrero de mi casa, teníamos dos vacas con cría. Sus respectivos hijos, eran ambos bien negros, sin ninguna pequeña mancha. Un día, mientras pescaba con mi hermano, observamos a las dos vacas topándose, parecían que estaban discutiendo algo muy serio. Y no le erramos. El motivo de la discusión, fue que a una le faltaba su ternero, entonces, las dos, comenzaron a tironear por el único que estaba a la vista. El que faltaba, estaba durmiendo muy tranquilo, dentro de un espeso y calentito pajonal. Se oían reclamos e insultos, claro, en lenguaje de vaca, pero hasta se podía adivinar (por los gestos) lo que se decían, nada aconsejable para repetir una niña como yo. Le pedí a mi hermano que las separase, pero no quiso,- que se entiendan- dijo – yo vine aquí a pescar, atiéndalas tú, que eres mujer como ellas. Pero, cuan más enfurecidas estaban, ocurrió algo que cambió la situación. Desesperándose, muy tranquilo, el causante de aquel enredo, salió de su escondite, como si nada pasara. Al verlo, la madre, inmediatamente paró la pelea, disculpándose con la otra vaca y el hijo de ésta. Luego, se acercó a su hijo, le hizo unos mimos y se alejó del lugar de los hechos. (Seguramente un tanto avergonzada). Yo me quedé pensando: debes estar seguro de lo que haces, antes de juzgar a los demás. Y aunque no lo creas, en la Naturaleza, también hay errores, debemos tener nuestros ojos atentos para verlos. Errar no solo es humano, también es “animalario”.
DESPUES DE MEDIO SIGLO - "Madrugada"

Esta historia no transcurrió en Chamizo, ni en Rincón del Pino, ni en Carreta Quemada; ocurrió en otra zona del departamento. Allí vivían dos jóvenes: Aníbal y Dolores. El amor los visitó muy temprano. Les iluminó el rostro, les puso pajaritos en todo el cuerpo y les llenó el corazón de dicha y de miedos. Éstos, se justificaron al poco tiempo, dado que la familia de Dolores, decidió por ellos. Pero fue imposible separarlos, se amaban locamente. Entonces lo inesperado: a Dolores se la llevaron lejos, tan irremediablemente lejos, que Aníbal no pudo alcanzarla, ni siquiera por carta. Pasó el tiempo. . . Cada cual hizo su vida como pudo, resignación, fracaso y dicha a intervalos, como ocurre con tanto ser humano. Y se fuero los años, al cabo de los cuales por esas cosas aún inexplicables, ambos, solos, se encuentran en un Hogar de Ancianos. Y deciden vivir aquel amor, por tanto tiempo postergado. ¿Y lo lograron? No lo sé Solo sé que Dolores corrió a su cuarto, como una adolescente y escribió este poema, con el mayor entusiasmo:

Quisiera amarte ahora
que hay tiempo todavía
quisiera amarte ahora
cuando aún sigo viva.

Quisiera amarte ahora
que no es del todo tarde
porque mi cuerpo añora
el calor de tu sangre

Porque en mi piel aflora
la inquietud y la calma
y en mis labios ahora
todavía hay fragancia

Quisiera amarte ahora
porque yo sé que existes
quisiera amarte ahora
porque ahora es posible

EL GUANTE MAGICO - POC.PAO ...Mención... Categoría Adultos
Bailaba, y lo hacía solo, sin música, se movía acompasadamente paradito en un solo dedo, como bailarín de ballet.
Todo él estaba lleno de armonía, su calor y su textura sin igual, increíblemente hecho para acariciar, era aterciopelada y con brillo de luna llena.
Tenía aroma que parecía provenir del reino único de los perfumes, y era como si todos ellos se confundieran en uno solo, muy suave y perceptible; ¡inolvidable!
A pesar de su belleza no tenía compañero, quizás fuera por ello que danzaba para no aburrirse. . .
Pero un día, su vida solitaria pareció cambia, su dueña una anciana menuda, parlanchina que vivía con sus siete gatos, tres perros y un loro en una casa tan pequeña con ella, lo regaló a su nieta Lina, entonces debió marcharse sin pena ni gloria de esa casa tan pequeña como su dueña.
La jovencita lo llevó y parecía feliz con su pertenencia, pero. . . pasaron los días y él quedó cautivo en una caja rectangular, liviana, con caras llenas de arabescos extraños que le dieron gran repulsión y miedo el día que los vió allí, quietos, entrelazados hasta el punto de no saberse cuál era cuál.
Quedó olvidado allí, en esa celda diminuta de paredes algo frágiles y oscuras, sin poder moverse y menos aún bailar a su gusto. . .
Su oscuro destino podría haber seguido así por siempre pero. . . quiso la casualidad que la caja cayera casi sin ruido abriéndose, entonces por el angosto pasadizo pudo con sigilo, sin prisa aparente salir de allí y lograr la luz y con ella la libertad.
No sabía la causa por la cual había caído, pero, al verse intacto y seguro en el suelo, ello no le importó pues ahora estaba afuera y eso sí tenía valor.
Percibía un aroma suave y dulce a jabón de rosas, estaba en el dormitorio de Lina, que era más pequeña que la casa de su anciana dueña. Se veía prolijo, y desde su dimensión le pareció ordenado. Todo hacía pensar que su dueña era muy cuidadosa.
De pronto oyó pasos y asustado se fue achicando más y más quedando como un ovillo de terciopelo no atreviéndose a mover, desconfiando sobre lo que podía suceder.
Pero. . Lina lo vio y le llamó la atención. Al levantarlo con delicadeza él se estremeció, reconocía el contacto de esas manos, eran las que lo habían llevado a prisión sin más.
Sin embargo, aquella al percibirlo lo acurrucó y luego muy lentamente fue desplegando uno a uno sus blandos y dóciles dedos que se dejaban llevar por las caricias que sentía como necesarias y únicas luego de tan angustiosa soledad. . .
Cuando al fin lo vio tan cual era, la jovencita lo reconoció y en señal de agradecimiento, comenzó a bailar como solamente él sabía hacerlo.
Con deleite y asombro Lina lo miraba incrédula mientras proseguía los giros y se doblaba rozando la palma tibia y volvía a levantarse con loco frenesí.
Bailó tanto, que cayo extenuado casi inerte. Asustada y con prisa aquella busco la cajita musical recuerdo de la abuela Lili y la abrió, entonces la melodía tantas veces escuchada invadió la habitación; era los arpegios de Claro de Luna, y mágicamente fue sacándolo de su inercia, se incorporó, apoyó uno de sus dedo y se dejó llevar por la música. Bailó otra vez para su compañera, sabiendo que ahora lo hacía para alguien, y que siempre sería así, porque esa era su gran pasión; ¡BAILAR!
EL MOUSTRUO GIRATORIO - Orion ...Segundo Premio... Categoría Adultos
Mi infancia transcurrió donde nací, en la Ciudad de Artigas, en la frontera con Brasil.
En mi memoria, la casa donde vivíamos estaba siempre llena de gente mayor, de niños, de animales domésticos, plantas y música.
Nuestra imaginación era entonces una máquina de inventar juegos, de correr descalzos sobre las calles de piedras calientes del verano, de pasar todo el horario escolar pensando en el campito. . . en la pelota. . . en las cometas. . .en las bolitas de colores que íbamos a ganar. .
El taller zapatero y casa de los Abuelos era un surtidísimo refugio que estaba al lado, donde podíamos pedir lo que nos faltaba para completar los deberes o alguna travesura.
Andábamos siempre con la cara sucia de chocolate “Garoto” y llevábamos en los bolsillos medio derretido, las “rapaduritas de chala”.
De la diversidad de sensaciones que pobló nuestra vida de niños, recuerdo: la alegría del carnaval, zamba caipirinha-, la feixoada y el dulce de guayabos que hacía mi Madre, con la fruta que cosechábamos colgados de las ramas de uno de los árboles del patio.
El “disco-duro” de mi oído tiene grabados todos los sonidos de esa etapa. Lo hago presente y disfruto cuando con mis hermanos, volvemos a hablar con ese tonito arrastrado de eses que solo tienen los fronterizos. A cada frase de nuestra charla aparece la cadencia final típica que transforma lo hablado en canto.
La experiencia de vida estaba perimetrada en la geografía de la hermanad Artigas-Quaraí.
Recién a los trece años me llegó – por fin- la oportunidad de viajar, con Miguel, mi hermano mayor, a la capital del país: Montevideo.
Fue para mí algo por demás significativo, grandioso, esperado, soñado.
Iba a vivir personalmente las historias del mar de Playas Ramírez y Pocitos, los juegos del Parque Rodó, el Mausoleo, el Estadio Centenario, y otros lugares de los que tenía referencias solamente por las anécdotas testimoniales de familiares y amigos.
Un apronte singular, despedidas y luego de viajar en ómnibus toda la noche, amanecimos en Sayazo, el barrio donde vivía María Magdalena, mi Abuela paterna.
Pero mi inocente cultura no había calculado lo difícil que iba a ser enfrentarme a las novedades, costumbres y exquisitos avances tecnológicos de la gran urbe.
Todo me avasallaba a ritmo acelerado, me perdía en los grandes espacios, me mareaba con el olor que desprendían la infinidad de vehículos y me erizaba la piel esa atmósfera fresca impregnada de sales marinas.
Para prevenir insucesos y disimular mi condición de “forastero”, me recostaba, en todo momento, no literal, sino físicamente a mi hermano, ya más baqueano de Montevideo.
Y así sucedía, como premisa obligatoria, adonde él iba yo lo seguía, lo que él hacía yo imitaba.
El sabía más, era mi guía, mi sostén.
A la semana ya conocíamos el barrio, algunos niños, la placita y el supermercado. Recorridos y paradas del “145” formaron parte de nuestros primero aprendizajes montevideanos. En ese ómnibus, después de una hora, y de pasar por Pocitos, nos bajábamos en Ciudad vieja, así fuimos ganando orientación y manejo en la formidable Ciudad.
Un día vimos que la Abuela se había levantado temprano y estaba “vestida para salir”
Desayunamos y ella nos dijo:
“Bueno, hoy tenemos que ir al Banco del Litoral, en 18 de Julio ¿qué les parece si me acompañan?”
En dúo le contestamos con un sí grandote.
Hicimos un recorrido que no conocíamos, pasamos por el Palacio Legislativo que nos pareció monumental y nos bajamos frente a otro impresionante, la Intendencia.
Caminamos entre mucha gente y llegamos hasta el Banco.
Cuando enfrentamos el moderno edificio, inmediatamente me “parapeté” con mi hermano, era conciente de la realidad: “estaba frente a un enemigo declarado”, pues la puerta principal, la única de acceso al público era ¡”giratoria”!, nunca había cruzado una, tenía miedo. . y para colmo nadie más que yo lo sabía.
“La tenía a mi frente”, devorando personas.
En pocos segundos debía pensar como enfrentar al “Monstruo Giratorio”, que lógicamente a mis ojos lo veía enorme, metálico y abominable, de alas filosas y amenazantes.
Vino a mi mente “Don Quijote de la Mancha”, el capitulo de los molinos de viento con los cuales lidiaba el Ingenioso Hidalgo, y me afirmé en la idea de que él no estaba tan perdido de la razón.
Aquel coloso “Monstruo” agazapado en furia, me observaba fijo, tan gobernante, seguro y celoso de la entrada a su territorio, parecía un hambriento cíclope troglodita.
Allí incrustado, en su guardia de acero, cables y hormigón, con incesantes giros vertiginosos. No descansaba en su misión de vigilancia.
¿Lo habrían colocado allí para cuidar al dinero y tesoros de los montevideanos?!!. . .
La batalla fue en código de silencio, el pánico se apoderó de mi cuerpo y sentidos, y se agravó la situación cuando perplejo observé que como una ráfaga mi Abuela había sido como “atraída”. . . “absorbida” y “consumida” por el Monstruo.
La conclusión en mi mente fue inmediata y espontánea. . . “si ahora engulle a mi hermano. . . me quedo solo”, ¿cómo los encuentro?, más aún ¿cómo me rescatan?
No hubo tiempo suficiente para planificar la defensa, y ni pensar en atacar aquella bestia; no tenía otra opción, debía a cualquier costo, cruzar la puerta.
Por sentido natural de superviviencia mi organismo, apenas atinó a doblar las rodillas hasta que mis manos se llenaron con trozos de baldosas y piedras de la vereda. . .
Al primer movimiento de mi hermano, pues él era mi garantía, de un salto me pegué a su espalda, un poco como abrazándolo y mucho como empujándolo, y logré ingresar “de a dos” en una de las cuatro “bocas” de la puerta, que giró unos grados y. . .se detuvo. . .
¡Se había atorado!
Por instantes “tartamudeo” el mecanismo electro-mecánico.
El Monstruo “irritado”, amenazaba rugiente con atraparnos en los oscuros engranajes de su estómago.
Pudo haber sido la transpiración que corría mi cuerpo, pero estoy seguro que intentó diluirnos en su jugo gástrico que despedía un penetrante olor a hierro, aceite y humedad.
Con poco aire y espacio, mi hermano rezongaba y me espetaba reproches, a mi nada más me importaba que salir de las fauces de aquel animal robotizado y encontrar a mi Abuela.
Felizmente, forzado e impulsado los movimientos de la puerta, pasamos al interior del banco.
La abuela, ya cicratizada de nuestras travesuras, que había obervado lo sucedido, tan solo reía.
Con un pañuelo me secó la transpiración que brotaba a chorros y me mojaba la cara.
El “mano a mano” a muerte con el Monstruo Giratorio había terminado, le había ganado valiéndome de la ayuda de mi hermano.
La puerta detrás de mí seguía girando y haciendo ruidos, creo que para impresionarme.
Me sobrevino la sensación que el Monstruo había intuido mi temor, utilizando esa importante arma a su favor.
Supo ser tan estratega.
El desquite sucedió no hace mucho, cuando volvimos a Montevideo. Pude comprobar por mi mismo que los Monstruos Giratorios habían sido desplazados de las oficinas Públicas, edificios y locales comerciales. Y sustituidos por puertas blindes, planas, de hermosos vidrios transparentes, con censores automáticas, que se adelantan a los deseos del público.
¡Por suerte!
Pero yo tenía que ir más allí, debía saciar mi sed de venganza.
Invité a mi hermano y fuimos a los negocios que venden chatarra con el único fin de ver a los monstruos giratorios tirados, totalmente paralizados, oxidándose a la intemperie. Olvidados.
Nos miramos y como en la infancia, “nos leímos el pensamiento”, recogimos del suelo unos cascotes y una gran puntería, al más grande, le partimos las alas.
EL PAYASO PIRUETIN - Tarzán
Había un vez un payaso al que le encantaba realizar piruetas, soñaba con hacer reír tan solo por un momento a las personas que estuvieran tristes.
Era alto, delgado, muy ágil, tan ágil que con cada salto que daba lograba una altura increíble.
Pero fundamentalmente se destacaba por su simpatía y ser muy divertido, por ello les caía bien a los niños, a los abuelitos y hasta a los animales. .
Tenía una nariz grande y roja y redonda, y a sus pies pequeños los calzaba con zapatos enormes.
Su ropa preferida era un traje colorido con remiendos en ambas rodillas.
Adornaba su cabeza con un sombrero de vuelo con un festón.
Vivía en un circo con una carpa amplia, carromatos y trapecios donde él volaba. . .
Habían sillas y muchísimos globos.
Cuando terminaba su función les regalaba a los niños un globo y un tierno abrazo de amigo.
Una vez estaba en una de sus actuaciones y tuvo tan mala suerte que se le rompió su colorido pantalón justo atrás, en la costura que unía las dos piernas, dejando al descubierto un pintoresco calzoncillo floreado.
De inmediato pensó: qué papelón! Cuando escuchó y levantó la mirada vio que todos reían, y él también comenzó a hacerlo.
Desde ese día para cada función lleva el mismo pantalón que una vez había logrado hacer reír a tantos espectadores.
Y colorín colorado, mi cuento se ha terminado.

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